-Entrevistados no manifestaron temor ante la posibilidad de que el 21 de diciembre de 2012 se cumpla la predicción de los mayas y ocurra un cataclismo que ponga término a la vida en la Tierra.

-Según los entendidos, todas las conclusiones se basan en los conceptos religiosos y los mitos de un pueblo cuyos calendarios estaban, probablemente, sujetos a los  tiempos y ciclos que regían la vida de su época.

– Visión de la Iglesia Católica descalifica los mitos fundados en fenómenos propios de la Naturaleza y llama a racionalizarlos.

Por Sigrid Boye

Cada cierto tiempo, las profecías sobre el fin de la civilización se ponen de moda. Astrólogos, líderes de sectas religiosas y antiguamente, los sumos sacerdotes de los pueblos primitivos, esparcieron diversos vaticinios que trascendieron la época histórica en que surgieron.

Es posible que esa permanencia en la memoria del hombre tenga un origen atávico, heredado de muchas generaciones precedentes que forjaron el concepto de poderes superiores capaces de predecir cuándo y cómo concluiría la existencia del planeta Tierra. Lo curioso es que muchos de esos presagios coinciden con los cambios de siglo; de hecho, el arribo del nuevo milenio provocó inquietud y hasta pánico en algunas comunidades en las que se registraron casos de suicidio generados por el miedo a lo sobrenatural.

Hoy, lo que altera la rutina del almanaque humano no tiene ningún rasgo que exceda las fuerzas de la naturaleza, por el contrario, se basa en ellas para predecir el término de una era cuyo inicio es anterior al advenimiento de Jesucristo y cuyo término estaría próximo a producirse según el famoso calendario maya que ha vuelto a la actualidad porque la fecha señalada es el 21 de diciembre de 2012.

Podría pensarse que un pronóstico tan acotado, que además presenta respetables credenciales históricas, produciría algunas situaciones de pánico en la población de la zona, o al menos, una suerte de preparación en manos de quienes se han iniciado en las prácticas del esoterismo y dicen poseer conocimientos de difícil interpretación para los legos.

La reacción que tuvo un grupo de individuos de la V Región conformado por hombres y mujeres de distintas edades y  ocupaciones, a quienes se les pidió su opinión sobre el próximo fin de mundo,  fue en verdad sorprendente y se asemeja a una alegoría que habla de un arqueólogo despistado que no llegó nunca al lugar que buscaba, pero que en el trayecto fue encontrando interesantes rastros que sirvieron mejor a sus propósitos.

De la misma manera, la encuesta que originalmente se pensó como una herramienta para magnificar la relevancia de la profecía maya, terminó revelando las conclusiones y realidades que emergieron de las respuestas.

Si bien la mayoría de los entrevistados ignoraba los detalles propiamente históricos que rodean el tema, más bien por  desinterés que por otra causa, quedó claro que en términos generales, el chileno no cree en las profecías mayas ni en ninguna otra de las que han surgido para ponerle  punto final al mundo que constituye nuestro hogar planetario. Sin embargo, las respetan e intentan explicarlas desde la perspectiva de la fe o de la lógica.

Otro descubrimiento importante emergió durante la búsqueda de fuentes informativas:  de lunes a sábado, en la mañana, las iglesias visitadas para ese efecto estaban de puertas herméticamente cerradas, indicando en un cartel los horarios de secretaría,  de tres a seis de la tarde.  Los fieles en su interior rezaban por su cuenta y no se vio sacerdote alguno por los alrededores. En un templo anglicano abierto al público, se informó que el pastor había ido a Santiago por unos días y no tenía quien lo reemplazara.  Afortunadamente se trataba de una entrevista periodística y no de la necesidad  que puede sentir cualquier cristiano, de contar con un apoyo espiritual en momentos de angustia.

Una civilización asombrosa.-

 

Ya sea que se acepte o se rechace la profecía de los mayas como un anuncio de fin de mundo, lo cierto es que no se puede desconocer la huella indeleble que dejaron en la historia humana de todos los tiempos, desde los albores de la época antigua hasta la posmodernidad que hoy conocemos.

Aún cuando el origen del pueblo maya es incierto, se supone que era oriundo de las costas septentrionales de México.  Se instaló hacia el año 1000 AC en la península de Yucatán, en los territorios que hoy se reparten entre México, Guatemala y Honduras, donde crearon una de las más espléndidas culturas de la América prehispánica.

Su historia puede dividirse en tres épocas: la  preclásica, desde el año 1500  a.C hasta 317 d.C; la clásica, que comprende hasta el 889 y la posclásica, que duró hasta 1697, año en que se completó la conquista española del último reducto indígena. El concepto de “cultura maya” se refiere sobre todo a la época clásica, identificada de manera convencional de acuerdo a las primeras fechas descifrables que aparecen en los monumentos.

Sin embargo, los descubrimientos de restos pertenecientes a la época preclásica prueban la existencia de una estructura religiosa y social muy desarrollada, con una jerarquía de sacerdotes expertos en matemáticas y astronomía, lo cual permite suponer que en ese período se inventó el calendario y nacieron los principales centros religiosos de Yucatán.

Los mayas estaban territorialmente divididos en tres grandes grupos: los Itzá, que a principios del siglo VI DC se separaron del tronco originario y fundaron tres nuevas ciudades, los quiché de Guatemala, en cuya lengua se redactó la única obra literaria maya que se ha conservado hasta hoy, titulada Popol Vuh, y por último,  los huastecas de Veracruz, en México, que por su aislamiento no participaron de la evolucionada cultura de sus pares.

                Aunque el pueblo maya de la época clásica estaba esparcido en un enorme territorio y el lenguaje también era motivo de división, había una notable homogeneidad en la escritura, en las artes plásticas, en el simbolismo religioso y en los sistemas que regían el transcurso del tiempo.

Bajo la dirección de una clase sacerdotal culta y dinámica, alcanzaron un elevado nivel en el área de la arquitectura monumental, propia de las comunidades altamente civilizadas de la antigüedad. Los templos se edificaban por lo general sobre alturas artificiales escalonadas, piramidales, de planta cuadrada o poligonal, con un solo piso y una serie de falsas bóvedas cubiertas con losas de piedra.  La escultura se caracterizó por dos o más frisos superpuestos con prolijos altos y bajos relieves que decoraban los edificios y mostraban símbolos religiosos como la serpiente y el dragón de dos cabezas.

El arqueólogo Sylvanus Griswold ha catalogado unos 120 lugares históricos de todas las épocas de la cultura maya muchos de los cuales corresponden a antiguas ciudades agrupadas en torno a centros religiosos que constan de una plaza ceremonial, templos y altares monolíticos, en cuyas cercanías se elevan también los primeros observatorios astronómicos conocidos, palacios y edificios para juegos de pelota.  En contraste con la magnífica arquitectura y la belleza de sus decoraciones,  la población vivía en modestas chozas.

Los famosos calendarios.-

 

                Su elaboración constituye una de las creaciones más complejas de la cultura maya y quizás lo más representativo de este pueblo para el común de la gente. En la vida cotidiana, usaron muchos calendarios distintos en los cuales el tiempo aparece ordenado de acuerdo a un engranaje de ciclos espirituales. Aunque estos almanaques tenían usos prácticos, tales como organizar los rituales, la agricultura, el comercio y las funciones administrativas, había un componente religioso muy fuerte que además asignaba un espíritu patrón para cada día, por tanto se supone que determinaba la tarea diaria que correspondía hacer a los habitantes.

                Los mayas combinaron dos calendarios, de los cuales uno duraba 260 días y el otro, aproximadamente un año solar de 365 días, y con ambos elaboraron un calendario circular cuyo ciclo abarcaba  unos 52 años, aproximadamente lo que duraba una generación, pero también utilizaron la astronomía para organizar el tiempo según la posición de Venus en el cielo nocturno.

                La profecía de los mayas se basa en la suposición de que se producirán ciertos eventos extraordinarios, quizás catastróficos para la civilización humana, cuando el Calendario de la Cuenta Larga llegue a su fin, una vez transcurridos 5.126 años. Según los expertos en el tema, ese hito del tiempo maya coincide con el 21 de diciembre del año 2012 de nuestra era, es decir, de cumplirse cualquier predicción o posibilidad de un cataclismo, se produciría antes de la Navidad y en ese caso, tampoco habría Año Nuevo.

No es novedad.-

 

                Los malos augurios han acompañado a la humanidad a través de toda la trayectoria que lleva recorrida y el “acabo mundo” forma parte del imaginario colectivo a lo largo y ancho de la Tierra, un planeta amenazado de muerte cada cierto tiempo, según se produzca el paso de un siglo a otro o se cumpla un plazo específico pre determinado por personajes o pueblos de relevancia histórica.

                El médico y astrólogo francés conocido como Nostradamus, adquirió un gran prestigio como adivino después de predecir la muerte de Enrique II con lujo de detalles. Junto a los almanaques con anuncios meteorológicos de notable exactitud, publicó una colección de cuartetas relativas a acontecimientos futuros que se verificarían a una distancia de siglos, entre ellos, el término del mundo que se conoce hoy. El problema es que no hace ninguna referencia a la época en que deberían ocurrir los hechos que se mencionan, lo que ha dado lugar a una gran variedad de interpretaciones, la mayoría absurdas y alarmistas.

                Sobre las visiones catastrofistas, el padre Justo Pastor, de la Parroquia San Miguel ubicada en Recreo, señaló que “hay cosas objetivas, ya sea un eclipse de sol, terremotos, conjunciones de ciertos astros, etc, que son consideradas por las personas sensatas como lo que son, fenómenos propios de la Naturaleza, pero cuando se mezclan con creencias falsamente cristianas ya no son ciencia ficción, sino teología ficción, y eso lo absorbe la gente crédula  con la mentalidad de “capaz que sea cierto”, toda vez que la profecía maya  y otras que sugieren un fin de mundo cataclísmico, inspiran y se basan en el temor.”

                -“Y bueno, puede ser cierto que va a haber un terremoto un día de éstos, es parte de la naturaleza, punto. De ahí a sacar conclusiones catastrofistas, religiosas o esotéricas, ya es simplemente fantasía.  La Iglesia católica no está en esa “parada”, no mira en menos la ciencia, la respeta pero tiene claro que tomar al pie de la letra esos vaticinios desprestigia la verdadera ciencia y la verdadera religión.”-expresó.

                Respecto del Apocalipsis, el sacerdote llamó a “tener cuidado cuando se lee la Biblia, porque tiene más de 2000 años y fue escrita con un lenguaje distinto al nuestro y bajo una cultura también muy diferente. El texto es simbólico, usa símbolos para decir algo que no puede interpretarse literalmente.   El Apocalipsis es el último libro del Nuevo Testamento de la Biblia, y la palabra “apocalipsis” significa  “revelación”. A nosotros nos suena a una situación terrorífica, tanto así que para definir un desastre usamos el adjetivo “apocalíptico. Por el contrario, el evangelio menciona varias veces que nadie sabe el día, la hora ni las circunstancias en las que concluirá la vida terrenal.-“concluyó el padre Justo Pastor.

 

Las personas sensatas.-

 

                Ya sea que respondieran caminando a prisa o de forma más reflexionada, viñamarinos, porteños y quilpueinos concuerdan en que deben esperar tranquilamente la llegada del 21 de diciembre.  Entre las numerosas respuestas, las que representan el promedio son las siguientes:

                -“El mundo se está acabando todos los días, independiente de lo que hayan predicho los mayas, por las acciones depredadoras de nosotros mismos. No hay más fin de mundo que el que hayamos determinado los seres humanos, quizás ese sea el destino final, llegar hasta secar la última gota de agua y cortar el último árbol”-opinó Ximena Rivera, dueña de una boutique en el centro de Viña del Mar.

“-Es simplemente un cambio de era, creo que una civilización fuerte como la maya puede que realmente haya dejado una señal, no sobre el fin del mundo propiamente tal sino como un hito para separar un antes y un después en la civilización actual.-“expresó María Luz Cornejo, estudiante de psicología.

                -¡Oye, por favor!-exclamó Jorge Pino, empleado de una AFP-¿Qué más catastrófico que la guerra eterna entre judíos y palestinos? ¿Y las hambrunas en Africa mientras en la tele hay ……..que ganan millones por decir puras h………..?-

-“Yo lo veo como una transformación. No sé porqué me tinca que los mayas sabían algo, no sé, todavía eran como puros, no estaban contaminados, puede ser que hayan elegido el 21 de diciembre de este año para decirnos “cambien el chip o se van a las pailas.”- opinó Rosario Pascale, dueña de una tienda de regalos.

-“Para mí, el fin del mundo fue cuando murió mi hija. Así de simple.  No estoy ni ahí con lo que venga ahora”.-expresó una mujer que respondió a la carrera, mientras transitaba por la calle Viana.

-“El mundo se acaba cuando uno tiene que morirse. O sea, falleces y tu mundo mortal desapareció, tu alma emigra a otra etapa, diferente, renovada, limpia. Yo soy cristiano y católico observante y creo en la vida después de la muerte. El mundo que conocemos tendrá que vivir el millón de años que le queda, o lo que sea que Dios haya dispuesto.”- señaló Víctor Olchesse, jubilado de la Armada.