Hielo marino de la Antártida vuelve a marcar mínimos históricos en 2026
Durante el invierno austral de 2026, el hielo marino que circunda la Antártida anotó su tercera menor extensión máxima desde el inicio de los registros satelitales hace casi cinco décadas.
El hielo marino que circunda el continente antártico registró durante el invierno austral de 2026 su tercera menor extensión máxima desde que comenzaron las mediciones satelitales continuas hace casi medio siglo.
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De acuerdo con los datos analizados por el National Snow and Ice Data Center (NSIDC), la superficie congelada alcanzó su pico estacional el 14 de septiembre al registrar 17,59 millones de kilómetros cuadrados, ubicándose casi un millón de kilómetros cuadrados por debajo del promedio histórico documentado entre 1981 y 2010.
Este déficit de cobertura congelada se suma a una secuencia crítica para el equilibrio polar, dado que los cuatro máximos invernales más bajos de la historia se han concentrado de manera consecutiva en los últimos cuatro años.
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Pérdida de barreras térmicas y riesgo sobre glaciares continentales
A diferencia de las masas continentales terrestres, el hielo marino se genera directamente por la congelación del agua del océano y su derretimiento no eleva de manera inmediata el nivel de los mares. No obstante, esta capa flotante ejerce una función termorreguladora clave al reflejar la radiación solar y operar como una barrera de contención física frente a las plataformas de hielo adheridas a la costa continental.
Su debilitamiento estructural reduce el efecto albedo y acelera el desplazamiento hacia el océano de los glaciares continentales antárticos, cuya fragmentación y derretimiento final sí incrementa el volumen oceánico global.
Impacto biológico en colonias de pingüinos y vientos oceánicos
La disminución del sustrato de congelamiento genera severos trastornos en la fauna local, afectando directamente los ciclos reproductivos de especies como el pingüino emperador, ave que depende de superficies de hielo estables para nidificar y criar a sus pichones. Investigadores del programa europeo Copernicus ya habían detectado anomalías severas durante agosto de 2026, mes en que la extensión promedió 17 millones de kilómetros cuadrados, marcando un descenso del 6,5% respecto de los registros habituales.
Las mayores pérdidas de superficie se concentraron en sectores del mar de Amundsen y el océano Índico, zonas donde patrones de vientos cálidos provenientes del norte empujaron y fracturaron la masa congelada de la Antártida.